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El salón sólo está iluminado por los destellos de la televisión, que nos bañan a ti, a mí y a la manta que nos cubre.
Incapaces de movernos, me construyo un nido en tu pecho. Sé que le estás prestando toda tu atención a las curvas de Marilyn, que tus dedos acarician mi mejilla sin tu ayuda.
Escucho el latir pausado de tu corazón, justo debajo de mi oreja, mientras me acomodo a tu cintura, sintiendo el calor que desprendes. Con cuidado, para no distraerte, deslizo una mano bajo tu camiseta y acaricio tu vientre, hasta donde tu ropa me impide el paso. Tu mano, apretuja mi mejilla. Me estás diciendo que pare, lo sé. Pero yo ya estoy recordando qué es lo que más me gusta hacerte y acaricio despacio el vello que nace en tu ombligo y marca el camino a seguir.
Por fin, consigo, sin que protestes, colar mis dedos bajo la cintura de tus vaqueros. Para mí, ya es tarde. He notado un escalofrío, y mis pezones se han endurecido hasta casi dolerme.
Odias que no te deje ver la película, pero ya me conoces: nada me gusta más que tentarte, y por supuesto, ganarte.
Noto la humedad brotar entre mis piernas, anticipándose. Tus ojos semicerrados, me recriminan mi comportamiento mientras desabrocho el botón. Y con eso, sólo consigues arrancarme una sonrisa pícara, ya que acabo de descubrir el bulto entre tus piernas. He ganado apenas sin esfuerzo.
Quédate así, medio tumbado. No quiero que hagas nada. Deja que continúe yo sola.
Ya conoces lo que viene: de rodillas en el suelo, instalada entre tus piernas. Yo sé que te encanta mirarme, así que no pierdes detalle mientras tiro de tu ropa con dulzura, acariciando tus muslos a medida que te desnudo. Déjame disfrutar un poco más de la dureza de tu sexo en mi mejilla, déjame hundir la nariz en tu carne, aún vestida, para olerte.
No voy a dejar que me toques todavía, pero estoy ardiendo. Tenso mis muslos como cuando me tomas desde atrás, pero lejos de calmarme, sólo consigo excitarme más. Tal vez por eso me he vuelto ansiosa y te he desvestido ya. Ahora siento unos hilos invisibles tirando de mi vientre. Ojalá te tuviera dentro.
Voy a procurarte el refugio más cálido. Dejo que mi boca se llene de saliva, y bajo tu mirada, hago desaparecer tu sexo entre mis labios muy despacio, escuchando tu débil suspiro, cuando mis labios llegan donde nace tu carne. Aún no me he movido y siento cómo se endurece, obligándome a abrir más la boca mientras te saboreo.
Una vez me pediste que te contara porqué me gusta hacerlo, y yo no supe qué responder. Sólo te pude decir que me hace estremecer tener tu polla en la boca.
Me retiro con cuidado, lamiéndote lentamente, arañando con los dientes la línea que forma tu piel cuando ya no puede cubrir más carne.
He ganado. Ya no oyes la tele… Al hundir la punta de la lengua en el pequeño agujero, consigo las primeras gotas saladas. Si fueras consciente del efecto que tu sabor produce en mí… He conseguido arrancarte un gemido y pongo tu mano en mi cabeza. Agárrame fuerte del pelo: sólo espero el momento en el que tú mismo muevas mi cabeza, alojando tu verga en mi garganta. Retiro tu piel y chupo golosamente la punta. Te masturbo contra mi lengua y te oigo gemir de nuevo.
No sé cómo, tu mano se ha colado bajo mi ropa, liberando mis pechos. Sé cuánto te gusta ver mi pecho desnudo mientras estoy arrodillada entre tus piernas.
Te acaricio con mi mano libre, ya estás lleno, esperando vaciarte. Y sonrío cuando noto tus dedos hundirse en mi pelo, empujando mi cabeza. Es cuestión de tiempo que muevas las caderas, buscando un orgasmo en mi boca. Tengo que resistirme a suplicarte que me folles… hundo los dedos en tus ingles húmedas y saboreo el líquido salado, preludio de tu esperma, y a la vez, sé que te estás conteniendo para no gritar.
De rodillas, no puedo verte, pero tu cuerpo me está diciendo todo lo que quiero saber: que no hay mejor lugar en el mundo para ti.
Tu jadeo me anuncia tu orgasmo, y tus manos me liberan para dejarme tomar el control, acariciándote hasta que gritas, y tu esperma llena mi boca, resbalando garganta abajo. Su sabor me estremece, te remueves, me pides que no pare mientras tiemblas y yo lamo hasta tu última gota.
Agotado, dejas tu verga descansar en mi boca hasta que se relaja. En medio del silencio, vuelvo a oír la tele. Me entretengo oliendo tu vello. Hueles tan bien…
Querrás desnudarme, querrás calmar con tus dedos y tu boca mi excitación, pero no te voy a dejar todavía. Me quedaré así, húmeda, palpitante y caliente hasta que lleguemos a la cama, y allí, me folles.
H.
He estado muy ocupado con mis tareas.
Textos de risa que nadie lee
Textos de dolor que nadie entiende
Textos antes los que me piden imágenes
Y imágenes para las que no me piden nada
el titánico esfuerzo que hace un artista
jamás tiene recompensa si el artista no logra encontrarla en sí mismo
De los demás, del mundo exterior, de los lectores no se puede esperar nada
Lo que ellos leen, nunca es lo que uno escribe.
Y lo que yo escribo, nunca lo lee nadie
.
Leo para no pensar.
Para no pensar que no tengo nada en qué pensar.
Leo sobre vidas que no entiendo.
Realidades que desconozco descritas con palabras que no uso.
Leo sobre ti
Porque tampoco existes, ¿a qué no?
Si de verdad fueras real, me arrancarías el libro de las manos
oh, sí, y lo lanzarías contra la pared
y mientras resbalase hasta el suelo,
hundiriras esa lengua hasta mi garganta.
Y los demás lo leerían
Lo leerian para no pensar
porque ellos tampoco tiene nada en qué pensar.
N
N le ve en sueños, saborea sus besos siente el ardor de sus caricias, deja que sus abrazos sean su único abrigo, le siente echado sobre ella, nota la conexión, la humedad, la dureza apretándose contra ella. N no ha tenido nunca un sexo en su interior, como máximo un par de dedos rígidos, pero no es virgen; N odia esa palabra, no consiente que nadie la llame así. Hundida en una vorágine de sensaciones prohibidas, N se corre con una sonrisa.
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B
B aprecia su desnudez, su poca vergüenza, “sí, es una desvergonzada“, resuelve. Una desvergonzada que astutamente lo ha ido conduciendo entre beso y beso hacia el sauce del jardín sin casi percatarse de ello. La siente dispuesta a mucho, la aprieta contra sí mismo, se pasea por toda su anatomía, nota los pezones erizados contra las palmas de las manos, lo chorreante de su interior, el calor que desprende y cómo lo comprime impidiéndole salirse. Y estalla con un gemido ronco.
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N & B
Ha comenzado a llover, como de costumbre, una lluvia suave, tierna, amable, una lluvia que empapa lo suficiente como para prender el deseo. El pobre sauce siempre sufre lo mismo: la ira, el anhelo, el ardor de un tipo frustrado y una mujer hundida.
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Miro alrededor mientras el mundo se cae a pedazos. A nadie le importa…
Mi cuerpo, es incontrolable frente a cualquier estímulo. Pero sólo cuando me corro dejo de tener miedo.
Acaríciame la nuca con la yema de los dedos, y olvidaré toda la angustia. Hunde tu lengua en mi boca para descubrir su sabor. Si mis dedos se aprietan sobre tu cara demasiado fuerte, no me lo tengas en cuenta. Es que quiero más de ti.
Si te quedas, todo lo que me excita será tuyo. Mira sin pudor cuando acerques los labios a mi sexo. Cierra los ojos para sentir el roce de las sábanas blancas en tu piel y te sorprenderá seguro mi primer gemido.
Hemos iniciado un camino incierto. En medio del mundo que se desploma, escribiré con saliva en el papel de tu cuerpo, todo aquello que alguna vez me llenó de placer. Te mostraré cada gota de fluido que el deseo me arrancó, y con eso, alimentaré el tuyo.
Quédate y siente.
Enciendo la luz de la mesilla de noche. Son las doce, y hace frío en la habitación. Un silencio hueco lo invade todo, presionando mis oídos. Aterido de frío, me meto en la cama y busco un calor inexistente en las mantas, un calor que aún le tengo que regalar yo primero, para que ellas, como solícitas amantes, me lo devuelvan multiplicado y tranquilizador. Y como todas las noches, mi vista se posa en él: El Beso…
“Todo el arte es erótico. Es el primer ornamento en haberse inventado, la cruz, era originalmente erótica. Era la primera obra de arte… Un movimiento horizontal: la mujer que se acuesta. Un movimiento vertical: el varón que la penetra.” Gustav Klimt.
Me viene a la mente todo lo que sé sobre Klimt: la Viena en la que vivió, localizada en la Europa del siglo XIX, en la cual, todo cambiaba, y en la cual, como toda rebelión, encontró su sitio el erotismo, y las relaciones lésbicas y homosexuales experimentaban un auge sin precedentes.
Klimt vivía rodeado de mujeres. En su casita con jardín, siempre había mujeres, que él pintaba sin descanso, legándonoslas atrapadas en sus lienzos. Al verlas, nos convertimos en voyeurs, en amantes ocasionales, esperamos que la pintura, de repente cobre vida, y nos muestre sus genitales sin tapujos. Ellas no nos ven, y nosotros las observamos como por el agujero de una cerradura. Están ensimismadas, desnudas, o a veces, sus ropas descubren más que tapan. Indudablemente, a Klimt, le gustaban mucho las mujeres, y a la vez, las temía. Temía la atracción sexual que emanaban, ya que potenciaba su faceta de “mujer fatal” que podía destruir al varón. Destruirle a él. De clase alta, baja, embarazadas, prostitutas, jóvenes, niñas, ancianas… mujeres hermosas, encuadradas dentro del Art Nouveau (lo siento por mi precario francés)… mujeres de sonrisa pícara y mirada alta, cabellos pelirrojos o negros como el carbón, pintadas como en un sueño… Mujeres en todas sus edades y estados.
No todo fueron halagos, claro. El sexo siempre ha tenido tantos detractores como seguidores. Y la expresión del sexo en el arte, era un asunto delicado en aquella época de revolución. He aquí lo que Adolf Loos dijo de Klimt:”(…) Pero el hombre de nuestra época que, llevado por una compulsión interna, embadurna paredes con símbolos eróticos, es un criminal o un degenerado”.
En general, toda la obra de Klimt me agrada. Pero a ésta pieza le tengo especial admiración.
El hombre que aparece, es el propio Klimt. Y ella es su amante, Emilie Flögue. Y tal cual parece, un momento desesperado de la relación.
Siempre se ha dicho del cuadro, que no se sabe si la pareja se dedica arrumacos, o más bien él intenta retenerla a ella, que ha decidido finalizar la relación. Sus ojos cerrados y su postura dejada pueden hacerlo llegar a pensar. No se sabe si es un momento de amor o de desamor. El pequeño (casi asfixiante) prado de flores en el que están situados, acaba bruscamente. Tal vez su condición clandestina de amantes, sea el significado: en cualquier momento, (el precipicio), se puede terminar.
Indiscutiblemente, él es el que manda. Parece que está de pie, parece que la retiene a ella, la protege, la acuna… ella se deja hacer, o tal vez sólo espera el momento en que él la suelte. Sin embargo, los dedos de sus pies desnudos, se agarran al borde, como si temiera caer. Y a él se agarra con fuerza por la nuca, con la mano.
Punto y aparte merecen las vestiduras. Los adornos cuadrados del manto de él, cuadrados, rectangulares, más bien, negros y grises, sugieren a muchos entendidos un símbolo fálico. El varón, lo fálico, lo rudo, (gris y negro). Sin embargo, el vestido de ella, es la feminidad representada: ceñido, marcando su cuerpo lleno de curvas, de colores cálidos y apasionados, de flores, de círculos que simbolizarían lo femenino, en oposición a la masculinidad de él, cuyo manto que le cubre por entero, no deja traslucir sus sentimientos.
El último misterio, es esa especie de halo dorado, que muchos entendidos relacionan con la sexualidad, la carnalidad que los une. Tal vez por eso, el color llega a empapar las vestiduras de ellos, convirtiéndose en el color de fondo, sobre el que reposan símbolos de feminidad y masculinidad.
Le doy vueltas a las flores que ambos lucen en el cabello. Él como corona. Ella prendidas en desorden. No lo relaciono. Tal vez tengan algo que ver con las flores que les sujetan a ambos, las del prado. Tal vez el estado de enamoramiento en el que viven, de alguna forma se les sube a la cabeza… Y también esos racimos dorados que se escurren por los tobillos de ella, precipicio abajo…
Tampoco soy capaz de interpretar el color marrón con destellos dorados del fondo… ¿Es amenazante? ¿Es seguro? no sé…
Yo lo que sé, es que no me canso de mirarlo noche tras noche.












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