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Leo para no pensar.
Para no pensar que no tengo nada en qué pensar.
Leo sobre vidas que no entiendo.
Realidades que desconozco descritas con palabras que no uso.
Leo sobre ti
Porque tampoco existes, ¿a qué no?
Si de verdad fueras real, me arrancarías el libro de las manos
oh, sí, y lo lanzarías contra la pared
y mientras resbalase hasta el suelo,
hundiriras esa lengua hasta mi garganta.
Y los demás lo leerían
Lo leerian para no pensar
porque ellos tampoco tiene nada en qué pensar.
Soy tan fragil, tan poquita cosa, que nadie ve en mí el genocidio de mis sueños.
Nadie puede hacer nada por ellos, y se mueren en mi garganta.
He deseado la muerte tantas veces, que ya nisiquiera tiene sentido para mí.
¿Quién vive? ¿Quién muere? Sólo veo máscaras pululando a mi alrededor
Ni siquiera sé si eres real, y no entiendo qué me dices.
Ni tus gritos, ni tus llantos, ni tus besos, ni tus deseos…
¿Acaso hay algo real? ¿Acaso no te he inventado yo?
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¡Cuidado con la falsa inocencia de los niños!
¬¬ Son más humanos en sus sentimientos y sus impulsos que los adultos.
Exploran, también, con más libertad y sin los tabús culturales de nuestra sociedad.
Si a los cuatro años levanto una falda, la gente se ríe
Si a los cuarenta años levanto una falda, me detienen.
Desde tiempos inmemoriables acostarse con el servicio es algo habitual.
Primero fueron los esclavos, luego los súbditos, y más tarde las criadas.
El que ejerce algún tipo de autoridad siempre ha considerado que aquellos sobre los que manda pueden ser presa fácil de sus deseos carnales. Una prueba de ello es la cantidad de referencias a la asistenta sexy (y calenturienta) de la cultura popular. (Aquí y en Japón).
Yo, por desgracia, vivo en una casa sin servicio.







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