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Me gusta el sexo. Sí, me gusta. Y es por eso, y no por morbo o escándalo que me fijo en cosas que ruborizarían a más de uno. En estos tiempos en los que nos ha tocado vivir, el sexo sigue siendo un tema tabú y de dominio público a partes iguales, pero ambos conceptos a pesar de estar juntos, son tan incompatibles como el agua y el aceite.
Por eso, agradezco que aparezcan libros como el que hoy os acerco, que tratan el sexo como parte de la vida de las personas. Todos tenemos nuestras rarezas y manías, dentro y fuera de la cama, pero como aquí interesa más lo que ocurra dentro, recomendamos hoy un libro que seguro nos dará alguna idea, o tal vez nos inspire para comportarnos como príncipes y princesas en el lecho.
“Grandes polvos de la historia” Es un ensayo escrito por José Ignacio de Arana, que se mete entre las sábanas de la realeza a lo largo de la historia de España y fuera de sus fronteras. Cito textualmente unas reseñas del contenido:
- La violación de una jovencita propició la invasión musulmana de España.
- La “impotencia” de un rey, proclamada a los cuatro vientos, cambió una dinastía.
- Un producto muy parecido a la Viagra provocó en siglo XVI la muerte de Fernando el Católico.
- La fogosidad sexual de una princesa mató al heredero de España.
- María Tudor tuvo un “embarazo fantasma” de sus relaciones con Felipe II.
- Dos guardias reales conquistaron el corazón y todo lo demás de dos reinas.
- Las orejas de la reina María Cristina excitaron sexualmente a un marino americano.
- El tálamo real de Isabel II lo frecuentaron muchos hombres menos su esposo.
- Alfonso XII y Alfonso XIII buscaron a sus amantes en los escenarios teatrales.
- Numerosos hijos bastardos, obtuvieron más privilegios que los propios hijos nacidos dentro del matrimonio.
Un libro que yo recomendaría para aprender historia de una forma diferente y que seguro despierta el gusanillo de seguir aprendiendo historia, o pasar directamente al Kamasutra.
Enciendo la luz de la mesilla de noche. Son las doce, y hace frío en la habitación. Un silencio hueco lo invade todo, presionando mis oídos. Aterido de frío, me meto en la cama y busco un calor inexistente en las mantas, un calor que aún le tengo que regalar yo primero, para que ellas, como solícitas amantes, me lo devuelvan multiplicado y tranquilizador. Y como todas las noches, mi vista se posa en él: El Beso…
“Todo el arte es erótico. Es el primer ornamento en haberse inventado, la cruz, era originalmente erótica. Era la primera obra de arte… Un movimiento horizontal: la mujer que se acuesta. Un movimiento vertical: el varón que la penetra.” Gustav Klimt.
Me viene a la mente todo lo que sé sobre Klimt: la Viena en la que vivió, localizada en la Europa del siglo XIX, en la cual, todo cambiaba, y en la cual, como toda rebelión, encontró su sitio el erotismo, y las relaciones lésbicas y homosexuales experimentaban un auge sin precedentes.
Klimt vivía rodeado de mujeres. En su casita con jardín, siempre había mujeres, que él pintaba sin descanso, legándonoslas atrapadas en sus lienzos. Al verlas, nos convertimos en voyeurs, en amantes ocasionales, esperamos que la pintura, de repente cobre vida, y nos muestre sus genitales sin tapujos. Ellas no nos ven, y nosotros las observamos como por el agujero de una cerradura. Están ensimismadas, desnudas, o a veces, sus ropas descubren más que tapan. Indudablemente, a Klimt, le gustaban mucho las mujeres, y a la vez, las temía. Temía la atracción sexual que emanaban, ya que potenciaba su faceta de “mujer fatal” que podía destruir al varón. Destruirle a él. De clase alta, baja, embarazadas, prostitutas, jóvenes, niñas, ancianas… mujeres hermosas, encuadradas dentro del Art Nouveau (lo siento por mi precario francés)… mujeres de sonrisa pícara y mirada alta, cabellos pelirrojos o negros como el carbón, pintadas como en un sueño… Mujeres en todas sus edades y estados.
No todo fueron halagos, claro. El sexo siempre ha tenido tantos detractores como seguidores. Y la expresión del sexo en el arte, era un asunto delicado en aquella época de revolución. He aquí lo que Adolf Loos dijo de Klimt:”(…) Pero el hombre de nuestra época que, llevado por una compulsión interna, embadurna paredes con símbolos eróticos, es un criminal o un degenerado”.
En general, toda la obra de Klimt me agrada. Pero a ésta pieza le tengo especial admiración.
El hombre que aparece, es el propio Klimt. Y ella es su amante, Emilie Flögue. Y tal cual parece, un momento desesperado de la relación.
Siempre se ha dicho del cuadro, que no se sabe si la pareja se dedica arrumacos, o más bien él intenta retenerla a ella, que ha decidido finalizar la relación. Sus ojos cerrados y su postura dejada pueden hacerlo llegar a pensar. No se sabe si es un momento de amor o de desamor. El pequeño (casi asfixiante) prado de flores en el que están situados, acaba bruscamente. Tal vez su condición clandestina de amantes, sea el significado: en cualquier momento, (el precipicio), se puede terminar.
Indiscutiblemente, él es el que manda. Parece que está de pie, parece que la retiene a ella, la protege, la acuna… ella se deja hacer, o tal vez sólo espera el momento en que él la suelte. Sin embargo, los dedos de sus pies desnudos, se agarran al borde, como si temiera caer. Y a él se agarra con fuerza por la nuca, con la mano.
Punto y aparte merecen las vestiduras. Los adornos cuadrados del manto de él, cuadrados, rectangulares, más bien, negros y grises, sugieren a muchos entendidos un símbolo fálico. El varón, lo fálico, lo rudo, (gris y negro). Sin embargo, el vestido de ella, es la feminidad representada: ceñido, marcando su cuerpo lleno de curvas, de colores cálidos y apasionados, de flores, de círculos que simbolizarían lo femenino, en oposición a la masculinidad de él, cuyo manto que le cubre por entero, no deja traslucir sus sentimientos.
El último misterio, es esa especie de halo dorado, que muchos entendidos relacionan con la sexualidad, la carnalidad que los une. Tal vez por eso, el color llega a empapar las vestiduras de ellos, convirtiéndose en el color de fondo, sobre el que reposan símbolos de feminidad y masculinidad.
Le doy vueltas a las flores que ambos lucen en el cabello. Él como corona. Ella prendidas en desorden. No lo relaciono. Tal vez tengan algo que ver con las flores que les sujetan a ambos, las del prado. Tal vez el estado de enamoramiento en el que viven, de alguna forma se les sube a la cabeza… Y también esos racimos dorados que se escurren por los tobillos de ella, precipicio abajo…
Tampoco soy capaz de interpretar el color marrón con destellos dorados del fondo… ¿Es amenazante? ¿Es seguro? no sé…
Yo lo que sé, es que no me canso de mirarlo noche tras noche.
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Alice, una adolescente de turbio pasado, manipula a su novio, Luc, para que mate a un compañero de clase. Ella le dice que unos chicos la violaron y le hicieron fotos. Luc, enamorado de ella y con algún problema de índole sexual lo hace. Huyen con el cuerpo y lo entierran en el bosque. Se pierden y como Hänsel y Grëtel acabarán en la cabaña de un solitario y sórdido personaje que los encerrará en el sótano con…¡el cadáver!
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François Ozon escribe y dirige esta macedonia de ideas. Tiene el arranque de una road-movie, contiene los elementos de un film de terror adolescente de lo más comercial, y le añade un toque de cuento –macabro- de los hermanos Grimm. Por el camino, Ozon, homenajea el clásico LA NOCHE DEL CAZADOR con la huída por el río y EL LAGO AZUL con una bucólica escena de sexo en las cascadas.
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http://www.filmaffinity.com/es/film237660.html
Hijo de Philippe Garrel, (el que grabó el mayo del 68 francés en vivo y en directo, entre otras muuuuchas cosas), el joven Garrel, tiene una sensualidad fuera de lo común, y no sólo yo me he dado cuenta, ya que en casi todas sus películas, acaba desnudo… y quiero señalar que tiene un muy buen desnudo. Integral, parcial y como sea.
Ha actuado para Bertolucci en “Soñadores“, para su padre en “Les amants reguliers“, y para Christophe Honoré en la incestuosa “Ma mère“, una película llena de sexo desde el título hasta los créditos finales. Memorable polvete en medio de un centro comercial para regocijo mío.
Lo más turbador, sus ojazos azules y su gesto adusto.






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